"Defender la alegría como un principio... defender la alegría como una bandera... defender la alegría como un destino... defender la alegría como una certeza... defender la alegría como un derecho" (Mario Benedetti)
jueves, 8 de octubre de 2015
lunes, 5 de octubre de 2015
El conflicto
(Imagen de Soumen Nath)
Después de la entrada que subí el otro día (La mordedura de la serpiente), he estado dando
vueltas a la idea del conflicto. Hace mucho tiempo que pienso que todos los
problemas del ser humano –o la mayoría de ellos- provienen de la falta de amor
a uno mismo. Por este motivo, creo que cuando tenemos un conflicto con alguien –sea
familiar, pareja, amigo o simple conocido- lo que más nos angustia es una
vocecita interior que nos repite al oído: “esta persona me juzga y me condena”
o, lo que es lo mismo, “esta persona (ya) no me quiere”. Y de ese pensamiento
negativo empiezan a surgir todo tipo de emociones también negativas que,
inconsciente y erróneamente, nos hacen sentir protegidos: la ira, la tristeza,
el miedo… Porque no hay nada que nos aterre más que quedarnos –sentirnos- solos.
Todo ello me lleva a pensar que el trabajo fundamental que
debe hacer el ser humano en esta vida es aprender a amarse a sí mismo. Pero
cuando digo eso no me refiero a darse palmaditas en la espalda o hacerse
“auto-regalos” del tipo que sea. No. Estoy hablando de un amor profundo y
sereno, de un amor lleno –sobre todo- de autoconocimiento. Estoy hablando de conectar con la fuente del
verdadero amor y fluir con su corriente.
Así pues, un conflicto es una oportunidad de mirar hacia
dentro, no de censurar hacia fuera. Un conflicto no es un grave problema que
nos dice que alguien ya no nos quiere sino que es una llamada de atención que
nos recuerda que debemos trabajar el amor, que debemos conectarnos con él, que
podemos llegar a ser amor. Supongo que el conflicto siempre existirá porque los
seres humanos –por suerte- tenemos ideas diferentes sobre las cosas. Pero, lo que uno elige construir o destruir después
del conflicto no depende más que de sí mismo.
jueves, 1 de octubre de 2015
lunes, 28 de septiembre de 2015
La paradoja de nuestro tiempo
(Imagen de google)
La
paradoja de nuestro tiempo en la historia es que
tenemos
edificios más altos pero templos más pequeños,
autopistas
más anchas, pero puntos de vista más estrechos.
Gastamos
más pero tenemos cada vez menos,
compramos
más, pero gozamos menos.
Tenemos
casas más grandes y familias más pequeñas,
cosas
más convenientes pero menos tiempo.
Más
educación y menos sentido común,
más
conocimiento pero menos juicio,
más
expertos y más problemas,
más
medicina pero menos bienestar.
Bebemos
demasiado,
fumamos
mucho,
gastamos
sin medida,
reímos
muy poco,
manejamos
demasiado rápido,
nos
enfurecemos con demasiada facilidad,
nos
acostamos muy tarde,
nos
levantamos muy cansados,
leemos
muy poco,
vemos
demasiada televisión
y
casi nunca rezamos.
Hemos
multiplicado nuestras posesiones, pero reducido nuestros valores.
Hablamos demasiado, amamos muy poco y odiamos
con demasiada facilidad.
Hemos
aprendido cómo ganarnos la vida, pero no a disfrutarla.
Hemos
añadido años a la vida pero no vida a los años.
Hemos
ido y vuelto a la luna pero no podemos cruzar la calle para conocer a un
vecino.
Hemos
conquistado el espacio exterior pero no el interior.
Hemos
hecho cosas más grandes, pero no mejores.
Hemos
limpiado el aire pero no el alma.
Hemos
conquistado el átomo, pero no nuestros prejuicios.
Escribimos
mucho, pero aprendemos poco.
Planeamos
más, pero logramos menos.
Hemos
aprendido a hacer las cosas más rápido, pero no a tener más paciencia.
Tenemos
ganancias más altas, pero moral más baja.
Más
alimento y menos paz.
Construimos
más computadores para guardar más información,
no obstante nos comunicamos
menos que nunca.
Esta
es la época de la paz mundial y de la guerra doméstica;
Tenemos
más tiempo libre y menos diversión;
Más
tipos de comida y menos nutritivas;
comida
rápida y pobre digestión;
Ingresos
conjuntos y más divorcios,
Casas
más bellas, pero más hogares rotos.
Grandes
hombres y mujeres pero caracteres pequeños.
Grandes
ganancias y relaciones superficiales.
Es
una época de viajes rápidos, pañales desechables, moralidad en decadencia,
pasiones
de una noche, cuerpos con sobrepeso y pastillas que hacen de todo,
desde
alegrarte, hasta calmarte y matarte.
Es
la época en la tenemos todo en la vidriera y nada en el almacén.
ESTE
ES MOMENTO PARA REFLEXIONAR Y CAMBIAR
Recuerden
pasar tiempo con sus seres queridos, porque no van a estar ahí para siempre.
Recuerden
decir una palabra amable al niño los mira maravillado, porque esa persona crecerá
y seguirá su camino.
Recuerden
dar un caluroso abrazo a alguien cercano, porque es ése el único tesoro que
pueden dar con el corazón y no cuesta un centavo.
Recuerden
decir “te quiero” a su pareja y a sus seres queridos, pero sobre todo,
quiéranlos.
Un beso y un abrazo curan heridas cuando se dan desde el interior.
Un beso y un abrazo curan heridas cuando se dan desde el interior.
Recuerden
tomarse de las manos y agradecer cada momento porque quizás algún día esa
persona no estará ahí.
¡Tómense
tiempo para amar, tómense tiempo para hablar!
Y tómense tiempo para compartir los preciosos pensamientos de su mente.
Y tómense tiempo para compartir los preciosos pensamientos de su mente.
(Dr.
Bob Moorehead)
jueves, 24 de septiembre de 2015
lunes, 21 de septiembre de 2015
Un relato del Buda
(Imagen de Google)
Hace un tiempo, Inma me envió (mil gracias) esta bonita
historia que quiero compartir:
“Estaba el Buda meditando en la espesura junto a sus
discípulos, cuando se acercó un detractor espiritual que lo detestaba y aprovechando
el momento de mayor concentración del Buda, lo insultó lo escupió y le arrojó
tierra.
Buda salió del trance al instante y, con una sonrisa plácida,
envolvió con compasión al agresor; sin embargo, los discípulos reaccionaron
violentamente, atraparon al hombre y alzando palos y piedras, esperaron la
orden del Buda para darle su merecido.
Buda percibió en un instante la totalidad de la situación, ordenó
a los discípulos que soltaran al hombre y se dirigió a este con suavidad y
convicción diciéndole:
-“Mire lo que usted generó en nosotros, nos expuso como un
espejo muestra el verdadero rostro. Desde ahora le pido por favor que venga
todos los días a probar nuestra verdad o nuestra hipocresía. Usted vio que en
un instante yo lo llené de amor, pero estos hombres que hace años me siguen por
todos lados meditando y orando, demuestran no entender ni vivir el proceso de
la unidad y quisieron responder con una agresión similar o mayor a la recibida.
Regrese siempre que desee, usted es mi invitado de honor.
Todo insulto suyo será bien recibido, como un estímulo para ver si vibramos
alto o si el ver la unidad en todo es sólo un engaño de la mente”.
Cuando escucharon esto, tanto los discípulos como el hombre,
se retiraron de la presencia del Buda rápidamente, llenos de culpa, cada uno
percibiendo la lección de grandeza del maestro y tratando de escapar de su
mirada y de la vergüenza interna.
A la mañana siguiente, el agresor, se presentó ante Buda, se
arrojó a sus pies y le dijo en forma muy sentida: “No pude dormir en toda la
noche, la culpa es muy grande, le suplico que me perdone y me acepte junto a
Usted”.
Buda con una sonrisa en el rostro, le dijo: “Usted es libre
de quedarse con nosotros ya mismo; pero no puedo perdonarlo”
El hombre muy compungido, le pidió que por favor lo hiciera,
ya que él era el maestro de la compasión, a lo que el Buda respondió: “Entiéndame,
claramente, para que alguien perdone, debe haber un ego herido; solo el ego
herido, la falsa creencia de que uno es la personalidad, es quien puede perdonar,
después de haber odiado o resentido, se pasa a un nivel de cierto avance, con
una trampa incluida, que es la necesidad de sentirse espiritualmente superior,
a aquel que en su bajeza mental nos hirió. Solo alguien que sigue viendo la
dualidad, y se considera a sí mismo muy sabio, perdona, a aquel ignorante que
le causó una herida”.
Y continuó: “No es mi caso, yo lo veo como un alma afín, no
me siento superior, no siento que me haya herido, sólo tengo amor en mi corazón
por usted, no puedo perdonarlo, sólo lo amo. Quien ama, ya no necesita
perdonar.”
El hombre no pudo disimular una cierta desilusión, ya que las
palabras de Buda eran muy profundas para ser captadas por una mente llena
todavía de turbulencia y necesidad, y ante esa mirada carente, el Buda añadió
con comprensión infinita: “Percibo lo que le pasa, vamos a resolverlo: Para
perdonar, ya sabemos que necesitamos a alguien dispuesto a perdonar. Vamos a
buscar a los discípulos, en su soberbia están todavía llenos de rencor y les va
a gustar mucho que usted les pida perdón. En su ignorancia se van a sentir
magnánimos por perdonarlo, poderosos por darle su perdón, y usted también va a
estar contento y tranquilo por recibirlo, va a sentirse reasegurado en su ego
culposo y, así, más o menos, todos quedarán contentos y seguiremos meditando en
el bosque como si nada hubiera pasado.”
Y así fue.”
sábado, 19 de septiembre de 2015
Nevera comunitaria
(Un hombre en Arabia Saudí
instala una nevera comunitaria
en el exterior de su casa
y pide a los vecinos que donen
su comida extra para que
las personas necesitadas
puedan comer
sin tener que mendigar).
Me parece una grandísima idea...
(Muchas gracias a Cristina por la imagen)
jueves, 17 de septiembre de 2015
lunes, 14 de septiembre de 2015
La mordedura de la serpiente
Hace unos días vi la película “Mi mejor maestro”, basada en
un libro de Wayne Dyer, cuyo final me dejó pensando pues propone una idea que
me pareció interesante. En un momento dado, Ryan Kilgore (el protagonista, que
está basado en el propio Dyer) comenta que estuvo conviviendo con una tribu
indígena (no recuerdo si especifica cuál) y que de ellos aprendió algo
importante, en concreto una reflexión sobre la mordedura de la serpiente.
Cuando te muerde una serpiente –le dijeron- lo que te mata no
es dicha mordedura sino el veneno que ésta introduce en tu cuerpo y que se va
extendiendo por él hasta terminar con tu vida, a no ser que encuentres un
antídoto o que, de alguna forma, consigas asimilarlo.
Kilgore hace, entonces, un paralelismo entre la mordedura de
la serpiente y los conflictos entre los seres humanos. Así pues, el conflicto
en sí no es tan importante, lo grave es el veneno –en forma de ira, odio,
celos, y un largo etc.- que dejas que se vaya filtrando por todo tu cuerpo
hasta llegar a tus huesos, a tu sangre, a tu corazón. La alternativa no es
luchar contra ese veneno o intentar negarlo y esconderlo, sino encontrar su utilidad, descubrir qué te está
enseñando, aprender cómo puede ayudarte a cambiar, a crecer, a mejorar.
Evidentemente, lo primero es –como siempre- dejar de mirar
hacia fuera, de señalar con el dedo, y empezar a mirar hacia dentro. Reconocer
sin miedo la emoción que nos invade, agradecerla y, después, empezar a trabajar
con ella. No parece tan complicado, ¿verdad?
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