
Esta vez, Mari Ángeles -fantástica compañera de la Universidad- y Magda -una nueva antigua amiga, también estupenda-, han coincidido al enviarme una noticia. Y digo yo que si me la envían dos veces es porque tengo que escribir sobre ella, ¿no? (Ah, y tenéis razón ambas, me ha encantado... Mil gracias!!!!).
Me hablan de Albert Casals, un chico de 18 años que, desde los 15, viaja en su silla de ruedas por todo el mundo sin apenas dinero ni compañía y con único equipaje que consiste en “dar y buscar la felicidad”. Albert quedó parapléjico a los ocho años, a raíz de un duro tratamiento para combatir la leucemia y la mononucleosis. Sin embargo, unos años después decidió que quería conocer mundo y empezó a viajar. Desde entonces, ha recorrido medio planeta solo y con un presupuesto de tres euros al día. Durmiendo en playas, parques, trenes o coches, ha descubierto que siempre hay alguien que le tiende una mano, que nunca le faltará de nada y que no necesita más para ser feliz. "Cuando haces lo que de verdad quieres, el universo entero conspira a tu favor. Mira alrededor y decide: tú puedes elegir vivir triste o contento. Yo elijo la felicidad. No veo entre nosotros razones para ser infeliz".
Albert ha escrito un libro en el que explica sus aventuras, Un mundo sobre ruedas, y que ha sido uno de los más vendidos en la pasada edición de Sant Jordi.
Y, aquí, la reina de las palabras, que se dedica a elucubrar sobre la alegría y la tristeza, se queda muda ante tanta sencillez, cordura y sabiduría. Me callo, pues.
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Quiero añadir, aquí, un día después, una nueva historia que me cuenta Mari Ángeles. Porque es otro ejemplo a seguir. Porque cuando la he leído me ha impactado. Porque vale la pena saber que existen más personas que superan las dificultades a base de optimismo, energía y alegría. Ahí van sus palabras:
"La Tata Mariá (con acento francés) es todo un personaje. Cumplió los 70 en enero, y es... la alegría de vivir, el optimismo personificado, la mismísima hospitalidad, y, todo eso, rodeada de amigos maravillosos, claro, no podía ser de otra manera. Pero te estaría simplificando la cosa si no te contara un poco su vida. Con 24 años, sufrió un accidente de coche que la dejó sentada en una silla de ruedas con un niño de pocos años. Desde entonces ha tenido que someterse a varias intervenciones quirúrgicas. Con poco más de 40, el marido murió de un infarto cerebral y unos años más tarde su hijo (muy joven y con el que tenía una relación muy especial) sufrió un accidente de tráfico que lo dejó inmóvil de cuello para abajo, en un hospital, causándole la muerte un año después. Bueno, pues todo eso no ha podido restarle las ganas de vivir, la risa fácil y contagiosa y la felicidad que irradia por todos sus poros. ¡Es una máquina! Su frase de siempre, en su español afrancesado es "a mí nada se me pone por imposible". Fundaron hace unos años una comisión de accesibilidad en la ciudad en donde vive y se dedica a controlar que toda la ciudad sea accesible para los handicaps. Te partes de risa oyéndola contar sus aventuras: desde las inauguraciones de edificios oficiales con el alcalde y los periodistas en las que siempre suelta alguna de las suyas hasta su aventura persiguiendo por toda la casa con su silla un pavo que le habían regalado por Navidad. Como dice mi hija mayor, es que tiene una risa tan contagiosa y es tan alegre y divertida que te carga las pilas".
Que nada se os ponga, tampoco a vosotros, por imposible...